En febrero de 2026, las madres comenzaron a llegar al amanecer a una clínica dentro de un centro de primera infancia del campamento de refugiados de Dzaleka, en Malaui, y pronto se formó una larga fila. Llevaban bebés y niños pequeños, además de gastadas cartillas sanitarias. Varias lenguas regionales se mezclaban mientras calmaban a sus hijos y esperaban su turno.

El centro atiende a unas 16.675 personas entre refugiados y residentes vecinos. Los retrasos no se deben solo a dudas, sino también a pequeños negocios, mudanzas, falta de información sobre calendarios y problemas de transporte de las clínicas móviles. La fila del amanecer reunía para cada niño las vacunas de cadena de frío, los registros en papel y los mensajes de seguimiento.