En octubre de 2010, autos hicieron fila fuera de gasolineras en Lilongüe, Malaui. Inter Press Service describió a conductores aparcando de noche con la esperanza de que llegara un camión. Necesitaban gasolina o diésel para la vida y el trabajo, no un producto emocionante.
La escasez agravada desde septiembre afectó a pequeños negocios: bienes no llegaban al mercado y máquinas quedaban paradas. La espera era tiempo de trabajo suspendido e ingresos difíciles.
Un vehículo diseñado para moverse debía quedar inmóvil para conservar turno, convertido en marcador de la próxima entrega. El problema cambiario excedía cada estación y no permite asumir el motivo de cada conductor.
La línea podía permanecer toda la noche. Para moverse mañana, primero había que parar hoy. Sin garantía de combustible, los autos debían posicionarse: la bomba vacía distribuía incertidumbre antes que gasolina.
